Elyra Vaelthar Nyzqwen, Heredera de la Espada Silente
(Inactivo)
Brujo de nivel 4 en Faerûn (Estándar)
Rango Bronce
Hubo un tiempo en que el nombre Vaelthar se pronunciaba con temor reverente en los corredores más oscuros del Shadowfell. La Casa, leal a la Dama Gris, no gobernaba con cetros ni ejércitos, sino con conocimiento y custodia de cosas que no debían existir. La joya más temida de su arsenal era una reliquia, una espada negra traída de un plano olvidado, creada para alimentarse de almas y obediente solo al caos.
Elyra nació en esa sombra. Albina desde el vientre, su piel pálida y su corazón débil la convirtieron en un presagio de mal agüero entre los suyos. Pero la niña compensaba su fragilidad con una mente despierta, una voluntad férrea y una curiosa inclinación a cuestionar lo que debía aceptarse sin dudar: los designios de la Dama, la necesidad del sacrificio, el precio del poder.
Todo se quebró cuando la mayor de las reliquias desapareció.
Los planos estaban inestables tras la caída de Thultanthar. Portales se abrían donde no debían. Y alguien —o algo— se llevó el tesoro de la familia. La Dama Gris no ofreció juicio ni explicación. Solo silencio. Y con él, la condena: la Casa Vaelthar fue borrada de la historia, sus miembros dispersados, sus nombres olvidados.
Elyra sobrevivió. Pero no por elección.
Arrojada al Plano Material, se convirtió en un fantasma con cuerpo, una exiliada con recuerdos que nadie compartía. Cargaba con la vergüenza de un linaje proscrito y la certeza de que la reliquia no se había perdido: había sido tomada.
Los años pasaron. Elyra vagó sin rumbo. Su alma pendía entre la desesperación y una determinación inexplicable. Hasta que, una noche, tuvo un sueño: un hombre enfrentaba a un dragón negro envuelto en niebla arcana. En sus manos, una espada sin reflejo… pero cuyo hambre de almas ella reconoció sin lugar a dudas. Al despertar, un nombre acudió a su mente: Virgil.
Pronto supo que aquel hombre realmente había existido. Un aventurero de la Liga de Phandalin, había muerto en la batalla contra Shargrailar, invocado por Szass Tam. Lo que nadie parecía saber era por qué su imagen había llegado a Elyra… o qué relación podía tener con la espada perdida.
Elyra nació en esa sombra. Albina desde el vientre, su piel pálida y su corazón débil la convirtieron en un presagio de mal agüero entre los suyos. Pero la niña compensaba su fragilidad con una mente despierta, una voluntad férrea y una curiosa inclinación a cuestionar lo que debía aceptarse sin dudar: los designios de la Dama, la necesidad del sacrificio, el precio del poder.
Todo se quebró cuando la mayor de las reliquias desapareció.
Los planos estaban inestables tras la caída de Thultanthar. Portales se abrían donde no debían. Y alguien —o algo— se llevó el tesoro de la familia. La Dama Gris no ofreció juicio ni explicación. Solo silencio. Y con él, la condena: la Casa Vaelthar fue borrada de la historia, sus miembros dispersados, sus nombres olvidados.
Elyra sobrevivió. Pero no por elección.
Arrojada al Plano Material, se convirtió en un fantasma con cuerpo, una exiliada con recuerdos que nadie compartía. Cargaba con la vergüenza de un linaje proscrito y la certeza de que la reliquia no se había perdido: había sido tomada.
Los años pasaron. Elyra vagó sin rumbo. Su alma pendía entre la desesperación y una determinación inexplicable. Hasta que, una noche, tuvo un sueño: un hombre enfrentaba a un dragón negro envuelto en niebla arcana. En sus manos, una espada sin reflejo… pero cuyo hambre de almas ella reconoció sin lugar a dudas. Al despertar, un nombre acudió a su mente: Virgil.
Pronto supo que aquel hombre realmente había existido. Un aventurero de la Liga de Phandalin, había muerto en la batalla contra Shargrailar, invocado por Szass Tam. Lo que nadie parecía saber era por qué su imagen había llegado a Elyra… o qué relación podía tener con la espada perdida.