Aza Galathir
Paladín de nivel 20 en Faerûn (Estándar)
Rango Mithril
La primera luz del alba frente a ella también marcó un nuevo comienzo para Aza el día que dejó atrás Evereska. La ciudad había permanecido oculta durante siglos, y los elfos que la habitan no reciben con buena cara a los visitantes que no pertenecen a su especie. No es de extrañar que se formase un escándalo cuando uno de los nobles encargados de supervisar el discreto comercio de la ciudad decidió criar allí a su hija, nacida de un amorío con una mercader humana.
Aunque la influencia de su padre se vio resentida, les permitió mantener su posición. Gracias a ello, Aza pudo vivir de forma acomodada, recibió una buena educación y entrenamiento militar y fue nombrada caballero debido a su buen desempeño marcial. Además, cada pocos meses salía con su padre, bajo excusas de negocios, para visitar durante algunos días a su madre. Sin embargo, crecer allí no fue agradable. El tácito desdén que los demás nobles sentían hacia ella por ser medio humana siempre estaba presente; evitaban relacionarse con ella, la trataban con indiferencia y menospreciaban sus habilidades. El mensaje era claro: jamás la reconocerían como uno de los suyos. Por ello, tras servir en la Guardia del Valle durante 3 años, tomó la difícil decisión de marcharse de Evereska. Su padre dispuso el dinero necesario para que pudiese viajar con su madre y empezar una nueva vida en Highmoon, ciudad conocida por la buena relación entre los elfos y humanos que la habitan. De su hogar la acompañaron 3 cosas: su amor por la naturaleza, las fuerzas antiguas que la gobiernan y los seres feéricos que la encarnan; su orgullo –quizás heredado de los altos señores elfos– e ideales como caballero; y la creencia de que, en el fondo, los juicios de los elfos sobre su ascendencia guardaban algo de verdad.
Allí se asentó y trabajó en la guardia de la ciudad. Tuvo contacto con diferentes fes humanas que captaron su interés. Los ritos, tradiciones y fiestas humanas no eran tan diferentes de las de los elfos. Ambos celebraban la cosecha de los frutos de la tierra y la llegada de las estaciones, ambos estudiaban los astros que gobiernan el mismo cielo bajo el que caminan, y ambos respetaban y temían las fuerzas naturales que desatan duros climas y desastres cuando se las desafía. Para Aza, esas costumbres son lo que nos conecta con el mundo natural, son nuestra forma de comunicarnos con él y, tras ver que quizás también conectan a los diferentes pueblos de Faerûn, juró honrarlas y protegerlas. Se sintió especialmente atraída por la fe de Lathander, quien porta el amanecer y trae con él la luz que rige nuestro ritmo de vida, que da vigor a las criaturas de esta tierra y renueva sus esperanzas cada vez que el Sol nace de entre la oscuridad: el recordatorio de que la luz siempre prevalece en el mundo y la señal de un nuevo comienzo por el que merece la pena luchar.
“Evereska, hermosa e inmaculada… Reconozco que añoro sus valles, pero si vuelvo a pisar la ciudad, sólo será cuando me convierta en alguien de provecho; alguien de quien puedan estar orgullosos. Entonces no les quedará más remedio que mirarme de igual a igual.”
Aunque la influencia de su padre se vio resentida, les permitió mantener su posición. Gracias a ello, Aza pudo vivir de forma acomodada, recibió una buena educación y entrenamiento militar y fue nombrada caballero debido a su buen desempeño marcial. Además, cada pocos meses salía con su padre, bajo excusas de negocios, para visitar durante algunos días a su madre. Sin embargo, crecer allí no fue agradable. El tácito desdén que los demás nobles sentían hacia ella por ser medio humana siempre estaba presente; evitaban relacionarse con ella, la trataban con indiferencia y menospreciaban sus habilidades. El mensaje era claro: jamás la reconocerían como uno de los suyos. Por ello, tras servir en la Guardia del Valle durante 3 años, tomó la difícil decisión de marcharse de Evereska. Su padre dispuso el dinero necesario para que pudiese viajar con su madre y empezar una nueva vida en Highmoon, ciudad conocida por la buena relación entre los elfos y humanos que la habitan. De su hogar la acompañaron 3 cosas: su amor por la naturaleza, las fuerzas antiguas que la gobiernan y los seres feéricos que la encarnan; su orgullo –quizás heredado de los altos señores elfos– e ideales como caballero; y la creencia de que, en el fondo, los juicios de los elfos sobre su ascendencia guardaban algo de verdad.
Allí se asentó y trabajó en la guardia de la ciudad. Tuvo contacto con diferentes fes humanas que captaron su interés. Los ritos, tradiciones y fiestas humanas no eran tan diferentes de las de los elfos. Ambos celebraban la cosecha de los frutos de la tierra y la llegada de las estaciones, ambos estudiaban los astros que gobiernan el mismo cielo bajo el que caminan, y ambos respetaban y temían las fuerzas naturales que desatan duros climas y desastres cuando se las desafía. Para Aza, esas costumbres son lo que nos conecta con el mundo natural, son nuestra forma de comunicarnos con él y, tras ver que quizás también conectan a los diferentes pueblos de Faerûn, juró honrarlas y protegerlas. Se sintió especialmente atraída por la fe de Lathander, quien porta el amanecer y trae con él la luz que rige nuestro ritmo de vida, que da vigor a las criaturas de esta tierra y renueva sus esperanzas cada vez que el Sol nace de entre la oscuridad: el recordatorio de que la luz siempre prevalece en el mundo y la señal de un nuevo comienzo por el que merece la pena luchar.
“Evereska, hermosa e inmaculada… Reconozco que añoro sus valles, pero si vuelvo a pisar la ciudad, sólo será cuando me convierta en alguien de provecho; alguien de quien puedan estar orgullosos. Entonces no les quedará más remedio que mirarme de igual a igual.”