Ifnys

Alexandros

Druida de nivel 2 en Faerûn (Estándar)
Rango Bronce

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Hoja de personaje

Ifnys:
Los últimos rayos del sol acarician una brizna de hierba, cuyo borde de terciopelo es mecido por una brisa cariñosa, a su izquierda, el tejido peonio la acompaña reposando sobre sus hermanas y congéneres, el cuerpo sentado sobre el césped y su peso inclinado hacia la derecha, mano sobre verde y amarillo, notando la frescura de lo vegetal, pelo enredado ya sobre helechos y una rodilla flexionada que sostiene un codo, al final una mano y un pétalo. Ifnys observa como el sol se oculta y su corazón (recio a despedirse de tal dulce recuerdo), aprecia la escena que celebra la salida de la luna, aunque su mente este en varios lugares a la vez.
Gira la cabeza en redondo, y baña en panorámico la campiña que lo vio crecer. Al fondo los robles, fresnos y el tímido sauce, que llora sobre sus raíces en flor, marcan y ocultan de la vista de curiosos los limites orientales de los terrenos de su familia. Detrás y lejos la villa de mármol, en la que las enredaderas y la hiedra decidieron confeccionar temples en arquitectura, marcan el camino a la capilla anexa, donde Lurue es pantocrátor, y en ella seguramente se halle en momento de ofrenda su hermana, pues a la salida de la luna, es la segunda en el linaje de su generación la que se encarga del depósito de flores en el altar de la Deidad que su familia procesa.
Ebelión, la hermana de Ifnys, pálida y etérea, frágil como el mismo mármol y la luna y de una belleza que incluso entre los Elfos no pasa desapercibida, seis años menor que él y en la niñez para ser elfa, y que promete ya en tan temprana edad, la gema templada en amor que será en un futuro. Su fragancia se expresa por el hogareño templo, la mirada puesta en queda oración a la diosa unicornio, luna discreta, que cuida en paz del amor y de los valles, y que arroba la devoción de la infanta que a sus cascos radia en cascada pétalos y corolas de azaleas, dandelions, prímulas, pensamientos. Devoción solo comparable a la que sienten sus padres por ella y el propio Ifnys, aunque este último y quizás dado la diferencia de edad, su demostración haya sido complicada.
En ello, como es costumbre, la vida decidió aderezar, el vínculo de hermandad que los ha unido es fuerte, pero inclinado eso si al conflicto, no tanto por la fascinación del pueblo y del orbe por su hermana, si no por el rechazo de la comunidad y el rigor de una ciudad que no perdona la diferencia, aquello que en palabras de este pueblo recóndito y escondido de puros altos elfos, solo se contiene en inflexible vocablo, “defecto”.
Ifnys se levanta, su gabardina rosa libera la presión del suelo, mientras, las tiras en cuero áureo aquedan un crujido, símbolo de la rebeldía de un pequeño esfuerzo tras el largo descanso en el frescor linóleo. El largo cabello oscila a la derecha y un mechón, que juraría apreciar como juega en giroscópico divertimento con un haz de luz, refleja en iridiscente la marca de su nacimiento. Unas alas, un “defecto”, “su defecto”. Una impronta física que parece gritar todo aquello que también reside en su interior y abismo infranqueable que lo separa de su raza, su pueblo.
Evereska es hermosa si, única, la ciudad de puros elfos, ocultos del mundo por guardianes terrosos, y verdes, que, en caídas y pendientes, han logrado aislar y proteger ese valle, sus secretos y la pureza de la savia que nutre las venas de sus residentes. Eso y la propia guardia del reino, dirigida por su familia paterna durante generaciones, y a la cabeza su propio padre, alto, técnico, impasible, todo fuerza y potencia en edad curtida, aspereza que ensalza el lema de la propia sangre que los varones de su familia reciben, “Nuestro escudo, la fuerza, nuestra espada, la fe, el orgullo, la victoria”. La magia no forma parte de ello, ni de su filosofía “la magia es caprichosa, piensa por si misma, los tendones, obedecen”.
Evereska es hermosa si, y terrible, al menos para Ifnys lo ha sido, recuerda con amor su casa, recuerda con amor a su familia, y la bóveda que durante años lo ha visto crecer, recuerda en miel al sauce que tantas lagrimas a refugiado, y que con sus largos cabellos de fibra ha permitido refugio y soledad, tamizado sus llantos y salvaguardando la intimidad de aquel que acariciaba sus alas, rosáceas y celestes, cerúleas y fucsias, cristal de venosa seda y objeto de su amor y autodesprecio, preguntándose por qué lo separaban del mundo, el porqué de su magia y su cuerpo, que motivo para no poder volar (aunque lo haya intentado con denuedo), “al menos su defecto serviría para algo, escaparía, y durante segundos seria libre bajo la inmensidad del firmamento”.
Pues veréis en una familia de inmaculada integridad élfica, progenitor militar y madre archivera, en pura sangre, nació una criatura de lo más peculiar, un hada. Podríamos decir “hada” pues aun portando alas, es demasiado alto para ser un hada y demasiado bajo para la raza de los altos elfos, apelativo no solo a su exquisita pureza de sangre. Una condición primera vez dada en toda su estirpe, que granjeo no poco sutiles caídas de pestañas, ni miradas de temor y desprecio, pues puso en orgullo el honor del vientre materno, aunque la magia de los magos y sacerdotes lograron desmentir este tórpido hecho, si no, y aun siendo más espinoso para su padre, no solo por tener que recurrir a tan incomodo método, tuvo que soportar que fuera la vida que corre por sus arterias, la culpable y origen de tal lacra, ruptura de un orgullo por generaciones labrado y roto en segundos cual en afiladas aristas de ultraje, el candor de su estandarte y firma.
El esmeralda, que se empieza a bañar en azul blanquecino, cruje al contacto de cada pisada, suela en cuero y madera de beta que lame la sílice y el cuarzo, granito en arena que nutre la alfombra verde de su niñez y que hoy comienza a despedir, canta ante cada oscilación de la gravedad del cuerpo de nuestro anfitrión, su paso, su mano y su cambio de dirección vibran en la decisión tomada. Miedo que se torna en la duda de un esfuerzo logrado, reflejado en ese detenimiento, para que el iris de su ojo pueda atesorar a otra de sus amantes. Selune asoma con curiosa mirada tendida sugerente en el mapa purpureo, madre y pareja caprichosa, cuya marmolada tez empieza a abrazar el cuerpo de los que la reciben, corteza y madera, tallo y pétalo, corola, cáliz, polen, respiración, color en música y de su belleza, espejo. Lienzo demorado, que echara de menos. Pues Ifnys se marcha. Si, tras tanto tiempo, caminará libre o esa es la traicionera promesa que se repite así mismo.
Ifnys posee magia, lo sabe, lo siente, su sinestesia es la certeza que su intuición grita, aunque la razón disienta en ello, no puede probarlo, pero su fascinación, su investigación oculta, todo aquello que ha aprendido a escondidas en las copas del roble, y en el hueco nudoso, lleno de barro e insectos, cofre y guardián forjado en el sauce, donde ha escondido durante sus lustros, su diario y los pocos documentos y conjuros que ha sustraído de los magos, parecen querer confirmarlo. Lo ha intentado sí, pero la magia de los magos, sus palabras, sus arcanos, torrente en energía de otros planos, ni obedece, ni resuenan con él. Tampoco parece ser la magia de los hechiceros, sabe que existen, sabe que dependen de un pacto y sabe que sus emociones son el control. Control que niega en su existencia y que no cede ante los edictos de su analítico intelecto. No, la magia de Ifnys es distinta, él lo sabe, la conoce, no entiende como, pero dentro hay una certeza, la única que ha prevalecido tras años de tribulaciones. Su armonía, no sabe adjudicarle nombre, no sabe cómo convocarla, pero cuando se haya en armonía, un momento de perfección absoluta, un instante, en el que se alinean, mente, emoción, alma, tierra, y hueso. Sucede, su poder se despliega, con aire virginal sosegado, da una muestra, un viento que mece las copas de los árboles, una puerta que se abre o entrecierra en muda lentitud, una flor cambiante de color, o una verdad no dicha, no acuñada pero que sueña e identifica, que olvida y recuerda, solo en el momento del suceso.
Sí, la magia de Ifnys es pequeña, pero es suya, sabe que se haya ahí, no puede demostrarla por mucho que la reclame, por mucho que en intima condición y bajo el amparo de infantiles muros y fortalezas de lino y plumón confeccionados, se lo haya revelado a su hermana, y esta ofrezca una sonrisa de comprensión condescendiente, su macula no solo coincide con su forma, debe residir también en su mente, “Tu ya eres especial” obtiene por respuesta de un don que no puede demostrar.
Un don que espera que el enclave esmeralda cuente, un don que su estancia en Sylverymoon, o como se alaba en común ahora a la ciudad plateada, destino de su nueva vida y esperanza, Argentum, descubra y explique, demuestre y perfeccione, conecte y ame, vida.
¿Son los druidas quizás su enfoque, su fuego, su luna, su seta y su templo? ¿Será su nodriza Selune, la deidad que oiga su ruego?, pues Lurue, aquella a la que tanto a orado, en sordez muda ha dado por respuesta. ¿Será el agua de estos, la que limpie su marca, bañe su orgullo y restaure aquello que nunca tuvo? ¿O los vientos de sus palabras, y sus secretos tan profundamente ocultados, los que eleven sus alas rozando al edén?
La puerta de la villa, madera de haya, través en cerezo cortado previa floración, y gozne en metálico relieve, retiene la última vez que cruzara su espacio, resistente a dejarlo marchar. Bisagras que tras siglos han sido compañeras y observadoras de tantos momentos, parecen querer ceder e inclinarse, en lastimosa despedida, de aquel que hoy las deja. La mano tienta sus venas, vasos robustos de la savia que una vez portaron, su hombro, roza el níquel y descansa sobre el travesaño, arriba el dintel con escudo, blasón familiar, roble, luna, sol y unicornio, desafían a los visitantes, y la mariposa minúscula, se esconde tras la crin, la estrella, en medio de astros, erige orden.
Seda contra madera, suave contra áspero, su camino, no ha sido fácil, pero tener una madre archivera, ha concedido ciertos beneficios a su causa, materializados en compañeros y amigos de viaje en su niñez en forma de grafemas sobre pergamino y libros horadados, y quizás, algo más poderoso, conocimiento. Un potencial solo comparable a la astucia de su progenitora, que ante Lurue y Selune, y con bastante aplomo, logro domar la voluntad de su padre, y ofrecer un prisma antes no contemplado. “Un oso es mejor tanque, que cualquier guerrero, una línea de batalla infranqueable con capacidad para sanarse a él, y al resto, mejor combatiente no puedes tener”. Una gran idea, una excusa, que su padre y madre ven como utilidad para su fascinación por la magia, no les gusta, pero son prácticos, es una forma quizás menos ofensiva que unas alas ineptas. Pues si Ifnys ya decepcionaba por su físico y gustos, cuanto más en su escasa aptitud para el combate cuerpo a cuerpo, volar es útil si lo logras, pero un peso rasgado, un miembro débil y expuesto, solo dificulta la finta y el arabesque, desequilibra el tiro con arco, la carrera es torpe, y el giro sobre sí mismo tardo, no hay puñal labrado que compense los segundos de retraso, ni acorte la distancia con un oponente más diestro.
Así que sí, la astucia de su madre, sigue el hilo del propio pensamiento, no es rápido, ni veloz, pero es inteligente, listo y ávido de conocimiento, lleno de palabras, memoria, lógica y esfuerzo, si el cuerpo no obedece, que su afilada mente haga el resto. Y es ese mismo cerebro, el que cifra y opina, el que espera y trama, el que calcula que en los misterios que guardan los druidas, están las respuestas que tanto ha buscado y el poder para poder limpiar su nombre, para lograr la conexión y el amor de sus congéneres, para que al fin acepten su “defecto” y este pase por alto, ellos guardan vocablos ancestrales, algunos olvidados incluso para sí mismos, pero que piensa encontrarlos, recuperarlos, hará lo imposible. Tomará poder y potencia, barrerá las hebras del polvo que los cubren, los mimará y como espeleólogo y arquitecto, reconstruirá dote a dote, fibra a fibra, cartílago a cartílago, tinta a sangre y lienzo, las respuestas de su origen, la demostración silícica vitrina de su poder, y la ilusión de su futuro, un futuro de confraternidad, reconocimiento y amor. Un porvenir muy distinto de su pasado y su presente, un porvenir digno de oír por fin, que es el orgullo de todos aquellos que lo preceden, donde fallezcan las crueles miradas y atroces silencios.
Esa es su esperanza, aquello que guía su respiración, aire cálido de olor añil, sabor a violín, y oído a cebro, que invade sus pulmones mientras sus brazos, tensos por la espera e incertidumbre, se entrecruzan, y tañen en el tejido que los envuelve, dunas de hilos compuestas. Mañana comenzara su formación, a la salida del sol, iniciara su periplo. Por eso se despide esta noche, por eso arropa por última vez el cuadro que sus pupilas aspiran, mira al sauce, al fresno, a la luna y al sol ya extinto en el horizonte, al mármol y la hiedra que oscilan en juego imprevisible. Y les lanza un postrero ruego.
- Si es allí donde anidan las certezas de mis enigmas, ser arqueólogo no guerrero, permitidme encontrarlos, gritarlos, por favor, solo por esta vez, dejadme unirme a mi regreso. Quiero ser partícipe de la dicha, quiero dejar de ser error y desprecio, y si es cierto que tenéis poder, restableced lo que rompió mi nacimiento.
Y así con agua de sal en lagrima, que resbala por la carnosa mejilla de arrebolada piel envuelta, aclama su corazón a las estrellas y eleva el latido, lleno de sangre, dolor, y esperanza, cierra la vista y deja que su sensibilidad se una a esa última obra que es el firmamento, oleo de astros y danza inmutable, que une, conecta y fusiona, pasado, presente y futuro de aquellos que ahora lo observan, los que le seguirán, los que le precedieron, un mismo destino, un mismo cielo.