Juan, el de la Firma

Jonás

Paladín de nivel 2 en Faerûn (Estándar)
Rango Bronce

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Hoja de personaje

Estaba de broma, creo, o borracho. Mis camaradas y yo nos habíamos retirado después de la guardia que, por primera vez en meses, había sido diurna, para regar nuestras gargantas acostumbradas a las noches en vela con lo que pudiéramos encontrar en la taberna.
Tres jarras más tardes, ya no podía distinguir los números de las cartas ni las voces de quien me hablaba, y la cerveza no dejaba de desaparecer de mi vaso.
-¡Oye, Hawthorne!
Desclavé los ojos de los naipes borrosos y alcé confuso la cabeza para ver quién me llamaba.
-Escucha lo que dice este lunático.
Mi mirada se tambaleó hacia una figura encapuchada con una túnica marrón que ceñía a la cintura con una cuerda. Sostenía en sus maños un pequeño libro desgastado y amarillento del que las páginas, antaño descosidas del lomo, parecían querer escapar.
-...no sé qué de un juramento.
Aquel curioso libro había secuestrado mi atención, y solo pude escuchar la última parte de lo que mi compañero decía. La figura no se movió.
-Te invito a una ronda si haces lo que te pide el loco de la capucha. -Dijo otro de mis compañeros de regimiento, desde algún lugar de la mesa que no pude identificar, pues si hubiese movido la cabeza para buscarlo con la mirada, me habría caído rendido al suelo.
Parpadeé. Un ojo de cada vez, a destiempo. Quizá porque alguna fuerza superior a mí me impedía apartar los ojos de aquel libro. Quizá porque estaba demasiado borracho.
-Venga. -Mis labios se movieron antes de que pudiese hacerlo mi cerebro.
La figura continuó en silencio. En un movimiento mecánico y perfecto, extendió aquel libro frente a mí y lo abrió por una página aleatoria, exactamente por el centro. Todas las letras se despegaron del papel antiguo, saltaron hacia mí, me rodearon, volvieron, se tomaron de las manos y bailaron en círculo alrededor del fuego de mis ojos enrojecidos. Las palabras parecían pronunciarse solas. Al llegar al último punto, desaparecieron.
-Está hecho. -La voz de aquella figura sonó como el fin del comienzo del mundo.
No dormí aquella noche. Cuando nos echaron de la taberna, al salir el sol, me arrastré a relevar mi turno en la guardia. Al llegar a lo alto de las almenas, el sol que me hervía la cabeza bajo el yelmo todas las mañanas parecía hablarme, quererme.
Fue esa misma mañana cuando llegaron los orcos. Hasta entonces, habían sido solo rumores, historias de comerciantes asaltados en los caminos, algunos animales desaparecidos, lo normal en una ciudad como aquella. Nos mandaban en patrulla, descubríamos una caverna o un campamento, los pasábamos a cuchillo en cuestión de una tarde y volvíamos para emborracharnos en la taberna. La paga era para mandarla a casa; lo que saqueábamos, solíamos bebérnoslo o jugárnoslo. Rara vez perdíamos a alguien.
Nunca se nos ocurrió pensar que aquellos grupos aparentemente desorganizados eran tan sólo exploradores de una fuerza mucho mayor. Nunca se me ocurrió pensar, ahora que sí lo pienso. Me pagaban por mi espada y mi escudo, y por mi capacidad de mandar alguna de esas dos cosas directamente a la cabeza -o similar- de lo que mis superiores considerasen el enemigo, no por pensar.
Perdí amigos aquel día, hermanos y hermanas de armas, de todas las razas y procedencias. La necesidad de ganarnos la vida sin más talento que el de golpear y bloquear en el momento justo nos había unido a todos.
En cuestión de minutos, habían arrasado con artillería -¡artillería! ¡Unos estúpidos orcos, artillería!- las murallas exteriores de la ciudad, y la primera línea de defensa, nosotros, estaba a punto de caer ante la ingente marea verde de gritos y sangre, frenada tan sólo por un puñado de imbéciles con resaca. El distrito que guardábamos a nuestras espaldas apenas empezaba a evacuarse y, si bien la lealtad nunca fue mi razón para empuñar la espada, sabía que morir en aquellos escombros era dejar morir a todas aquellas personas.
Los orcos lucharon como jaurías de perros rabiosos, como poseídos de una locura violenta y visceral. Golpear su piel era intentar cortar la roca, cada golpe que desviaba me dejaba el sabor en la boca de que no volvería a desviar otro sin desfallecer, una parada más partiría mi espada, mi escudo o mi brazo. Empezaban a arrinconarnos contra la barricada improvisada que comenzaba a erguirse a nuestras espaldas en un patético intento de frenar el avance enemigo, y en un excelente intento de dejarnos atrapados allí fuera, sin posibilidad de una retirada.
Quienes me cubrían la retaguardia habían muerto en algún momento, ¿cómo distinguir sus gritos de auxilio entre todos los demás? Poco a poco nos fuimos quedando solos, unos pocos valientes y yo, demasiado exhaustos para preguntarnos cómo seguíamos vivos, por qué nuestros pies seguían moviéndose, acercándose, alejándose, esquivando, fintando; cómo nuestras manos resistían los envites de aquellos aceros diabólicos, cómo nuestras cansadas hojas podían continuar desviando aquella fiereza, cómo nuestro cuerpo seguía albergando sangre que derramar tras todas las heridas.
Pronto me topé espalda con espalda con algunos de mis compañeros. Ya no quedaban muros, formación, fuerzas ni esperanza. Entre las asfixiadas respiraciones, alguien propuso lo más parecido a una estrategia. Nos miramos a los ojos a través de las ranuras de los yelmos y el sudor que ardía en nuestra mirada, y gruñimos, porque asentir hubiera requerido la última de nuestras fuerzas, necesaria para contener la invasión unos minutos más.
Dejamos caer la espada, luego el escudo. Las manos desnudas pesaban más que el acero. Ante la sonrisa enloquecida de los orcos que esperaban la rendición inminente, desenvainamos con torpeza y hartazgo los espadones que portábamos. Arrancar el primero movimiento de mi cuerpo extenuado fue casi imposible. Un segundo después, dos metros de acero de tres quilos y medio comenzaron a volar por encima de nuestras cabezas en movimientos encadenados unos con otros, como una danza no colaborativa. Yo bailaba con la espada, la espada me llevaba a mí. Detener la espada era morir. Era dejar morir a todo el mundo.
Mis brazos estaban en llamas, mis pulmones llenos de cualquier cosa, azufre, humo, aceite hirviendo, cualquier cosa menos aire. Había dejado de ver hacía un rato, la sangre y el sudor me tapaban los ojos como una cortina negra, solo podía distinguir el brillo lejano del sol, aún llamándome. Los orcos habían retrocedido unos pasos; primero, sorprendidos por la nueva formación; segundos más tarde, esperando el momento perfecto para penetrar en nuestra danza de acero siempre amenazante. Uno de ellos se lanzó contra mí con la brutalidad de un oso enloquecido. Había calculado mal y estaba a punto de partirse en dos ante la trayectoria del mandoble. Me preparé para el impacto, apreté los dientes ensangrentados a la expectativa de tener que volver a acelerar la hoja que se ralentizaría al impactar en la carne y el hueso, si me detenía o se atascaba, sería el fin.
En el momento en que el acero penetró la carne, el sol se reflejó en mi espada. El sol atravesó mi yelmo y atravesó mis ojos. El sol me atravesó a mí. Y atravesó mi espada, y atravesó al orco que rozaba mi cuello con su hacha antes de deshacerse en dos mitades. El sol atravesó la tierra en una explosión dorada que sonó como el final del principio del mundo.
La palabra “héroe” no tardó en llegar. Yo no la quise. Dejé la guardia y la ciudad. Mi antiguo espadón será ahora una reliquia en algún templo, mi anterior nombre será el patrón de algo o de alguien. Dicen que aquello fue un milagro. No me interesa.
Debo encontrar a aquella figura, leer aquel libro. No sé qué condiciones he aceptado.
El sol lo sabe.
Exige que honre mi juramento.