Galadhlel Versolunar
Bardo 4 / Warlock 1 de nivel 5 en Faerûn (Estándar)
Rango Plata
Yo fui nacido en mármol y en música,
bajo cúpulas donde el eco no muere
y las palabras eran más antiguas que la sangre.
Mi nombre —Galadhel— fue pronunciado
como se pronuncia el nombre de las flores.
Hijo de la casa Versolunar,
donde los días se medían en canciones
Y las noches en prosas y silencios,
Aprendí a abrazar al mundo
no con el cuerpo, sino con la palabra.
De mi padre aprendí el peso de la rima,
de mi madre, la textura de la voz.
En su tierno arroyo broté de mí mismo
y me abrí, amado, al mundo.
Pero vino a mí, tan callando
El Estigma de la Estrella Marchita,
como ojos de amor que ya no aman,
como víveres que buscan a su hambre,
observando y consumiendo mis jornadas.
Un golpe de la vida, tan inmenso,
un dolor tan amargo, ¡qué sé yo!
como el odio de los dioses,
no como duele la vida,
sino el tiempo.
Me negué a que mi casa
midiera mi ausencia en pequeños gestos,
a que olvidasen el rostro de mí
aun cálido y presente.
Y partí, buscando…
¡Qué sé yo!
Dejando atrás las manos que me amaban
mis manos desnudas del recuerdo
que ya no hacen el amor,
hacen la ausencia,
hacen las palabras que le roban a la boca,
un complot antiguo de invisibilidades.
Partí,
y me fui moldeando en barro,
en miseria,
arrojando mi nombre a la nada del caer
y aniquilarse,
maldiciendo mi terrible estrella,
mis venas negras,
vacías del deshecho.
He mirado, cariñoso, los más altos campanarios
y he soñado con un salto mortal, serenamente.
Cortar este dolor, ¿con qué triste hoja?
Si la fortuna me dejó con los brazos caídos
sin poder tenderlos hacia más.
Pero el verso era fuerte
y mis manos insistían en abrazar al mundo,
porque nadie les había enseñado aún
que era demasiado tarde.
He visto la Belleza en los palacios negros de la nada,
he amado los días-invierno tan solitarios,
he visto ángeles con alas de dragón
sobrevolar el silencio arrancado.
Tal vez el mundo
no soporte el peso de lo que es.
Pero en mi camino aguardaban,
más flechas y pedradas de la árida fortuna,
una mano descendió
y posó sobre mí
la eterna pregunta siempre palpitante,
y preferí en suma
el dolor a la muerte
y el infierno a la nada.
bajo cúpulas donde el eco no muere
y las palabras eran más antiguas que la sangre.
Mi nombre —Galadhel— fue pronunciado
como se pronuncia el nombre de las flores.
Hijo de la casa Versolunar,
donde los días se medían en canciones
Y las noches en prosas y silencios,
Aprendí a abrazar al mundo
no con el cuerpo, sino con la palabra.
De mi padre aprendí el peso de la rima,
de mi madre, la textura de la voz.
En su tierno arroyo broté de mí mismo
y me abrí, amado, al mundo.
Pero vino a mí, tan callando
El Estigma de la Estrella Marchita,
como ojos de amor que ya no aman,
como víveres que buscan a su hambre,
observando y consumiendo mis jornadas.
Un golpe de la vida, tan inmenso,
un dolor tan amargo, ¡qué sé yo!
como el odio de los dioses,
no como duele la vida,
sino el tiempo.
Me negué a que mi casa
midiera mi ausencia en pequeños gestos,
a que olvidasen el rostro de mí
aun cálido y presente.
Y partí, buscando…
¡Qué sé yo!
Dejando atrás las manos que me amaban
mis manos desnudas del recuerdo
que ya no hacen el amor,
hacen la ausencia,
hacen las palabras que le roban a la boca,
un complot antiguo de invisibilidades.
Partí,
y me fui moldeando en barro,
en miseria,
arrojando mi nombre a la nada del caer
y aniquilarse,
maldiciendo mi terrible estrella,
mis venas negras,
vacías del deshecho.
He mirado, cariñoso, los más altos campanarios
y he soñado con un salto mortal, serenamente.
Cortar este dolor, ¿con qué triste hoja?
Si la fortuna me dejó con los brazos caídos
sin poder tenderlos hacia más.
Pero el verso era fuerte
y mis manos insistían en abrazar al mundo,
porque nadie les había enseñado aún
que era demasiado tarde.
He visto la Belleza en los palacios negros de la nada,
he amado los días-invierno tan solitarios,
he visto ángeles con alas de dragón
sobrevolar el silencio arrancado.
Tal vez el mundo
no soporte el peso de lo que es.
Pero en mi camino aguardaban,
más flechas y pedradas de la árida fortuna,
una mano descendió
y posó sobre mí
la eterna pregunta siempre palpitante,
y preferí en suma
el dolor a la muerte
y el infierno a la nada.