Experimento 217-X
(Inactivo)
Monk Warrior of Mercy de nivel 6 en Faerûn (Estándar)
Rango Plata
Fue despertada en un laboratorio subterráneo, rodeada de frascos rotos, bisturíes oxidados y planos ilegibles manchados de sangre y tinta. Su "nombre", grabado en una placa metálica colgando de su cuello, era todo lo que tenía: Experimento 217-X
No recordaba quién la hizo, ni por qué. Su cuerpo era un collage de partes ajenas, un rompecabezas de carne y magia.
Un día, mientras intentaba unir un brazo con hilo andrajoso y viejo, encontró algo especial: una caja de madera cerrada con candado, semioculta entre escombros. Tardó días en abrirla, usando dientes, clavos y paciencia. Cuando al fin lo logró, dentro había una única cosa: un carrete de hilo rojo. Nuevo. Brillante. Suave. No había polvo, ni óxido, ni rastro de olvido. Era como si alguien lo hubiera dejado allí solo para ella.
Comenzó a usarlo para remendarse. No por necesidad —el viejo hilo funcionaba igual—, sino por algo más profundo. El rojo era cálido, casi vivo. Se sentía... agradable. Familiar.
Cada puntada hecha con aquel hilo cerraba más que heridas: silenciaba ecos lejanos en su mente, calmaba pensamientos errantes.
Como si con cada nudo, con cada costura, estuviera reuniendo piezas de algo más grande. Algo perdido. Algo que alguna vez fue ella.
Salió del laboratorio guiada por el instinto —o tal vez por el silencio insoportable de los túneles abandonados—, hasta que el mundo exterior la golpeó con su ruido, su viento, su luz hiriente.
No sabía a dónde ir. Vagaba.
Hasta que un día, le sucedió algo extraño: mientras trataba de arreglar una pierna mal encajada, su brazo derecho, mal sujeto, se desprendió y cayó al suelo con un golpe hueco.
Antes de que pudiera reaccionar, un perro flaco y sucio lo tomó con la boca y salió corriendo.
Lo persiguió durante horas.
El animal corrió hasta una una gremio de aventureros y entro dentro del mismo
No recordaba quién la hizo, ni por qué. Su cuerpo era un collage de partes ajenas, un rompecabezas de carne y magia.
Un día, mientras intentaba unir un brazo con hilo andrajoso y viejo, encontró algo especial: una caja de madera cerrada con candado, semioculta entre escombros. Tardó días en abrirla, usando dientes, clavos y paciencia. Cuando al fin lo logró, dentro había una única cosa: un carrete de hilo rojo. Nuevo. Brillante. Suave. No había polvo, ni óxido, ni rastro de olvido. Era como si alguien lo hubiera dejado allí solo para ella.
Comenzó a usarlo para remendarse. No por necesidad —el viejo hilo funcionaba igual—, sino por algo más profundo. El rojo era cálido, casi vivo. Se sentía... agradable. Familiar.
Cada puntada hecha con aquel hilo cerraba más que heridas: silenciaba ecos lejanos en su mente, calmaba pensamientos errantes.
Como si con cada nudo, con cada costura, estuviera reuniendo piezas de algo más grande. Algo perdido. Algo que alguna vez fue ella.
Salió del laboratorio guiada por el instinto —o tal vez por el silencio insoportable de los túneles abandonados—, hasta que el mundo exterior la golpeó con su ruido, su viento, su luz hiriente.
No sabía a dónde ir. Vagaba.
Hasta que un día, le sucedió algo extraño: mientras trataba de arreglar una pierna mal encajada, su brazo derecho, mal sujeto, se desprendió y cayó al suelo con un golpe hueco.
Antes de que pudiera reaccionar, un perro flaco y sucio lo tomó con la boca y salió corriendo.
Lo persiguió durante horas.
El animal corrió hasta una una gremio de aventureros y entro dentro del mismo