Rhiannon Nì Schàtha
Wizard de nivel 3 en Faerûn (Estándar)
Rango Bronce
Rhiannon nació en la corte feérica Ní Scátha, una de las más antiguas de Shadowmoor. Mientras otras cortes acumulaban riquezas, reliquias o poder, los Ní Scátha coleccionaban algo mucho más extraño: destinos.
Sus eruditos dedicaban siglos a observar los innumerables hilos del porvenir, registrando cómo nacían, se entrelazaban y desaparecían. Cada decisión importante, cada encuentro fortuito y cada muerte significativa terminaban archivados en una inmensa biblioteca de presagios. Para los miembros de la corte, contemplar el futuro era un honor y un privilegio.
Para Rhiannon, en cambio, era profundamente aburrido.
Desde muy joven demostró un talento excepcional para interpretar las ramificaciones del destino. Allí donde otros veían cientos de posibilidades, ella distinguía cuál acabaría haciéndose realidad con una precisión inquietante. Sus predicciones rara vez fallaban, y cuanto más perfeccionaba ese don, menos sorpresas encontraba en el mundo.
Las conversaciones ya las había oído.
Los errores ya los había visto cometer.
Las victorias dejaban de ser emocionantes cuando conocías su desenlace antes siquiera de que comenzaran.
Con el paso de los años dejó de sentir orgullo por acertar. Acertar era simplemente... lo normal.
Una monotonía interminable.
Todo cambió el día en que tuvo una visión distinta.
Vio un pequeño cuervo adentrándose en el Bosque Maldito, a las afueras de la ciudad. Sabía que acabaría metiéndose en problemas y que un grupo de aventureros acudiría a rescatarlo. Era una visión tan clara como cualquier otra, así que decidió acudir al bosque únicamente por curiosidad, convencida de que presenciaría exactamente aquello que ya conocía.
Y así fue.
Hasta que dejó de serlo.
En el momento en que aquel grupo se reunió alrededor del cuervo, el futuro se fracturó.
No desapareció.
Simplemente... dejó de tener una única respuesta.
Por primera vez en su vida, Rhiannon contempló decenas de posibilidades igualmente probables. Cada decisión de aquel grupo generaba nuevas ramificaciones imposibles de ordenar. Eran impulsivos, contradictorios y sorprendentemente caóticos. Tomaban decisiones absurdas que, de algún modo, terminaban funcionando. Intentar seguir el rastro de sus destinos era como intentar leer un libro cuyas páginas cambiaban de orden constantemente.
Aquella incertidumbre la fascinó.
Tras ayudar a rescatar al cuervo, había decidido pedirles permiso para acompañarlos durante un tiempo, convencida de que estudiar aquel fenómeno sería una oportunidad única.
No llegó a hacerlo.
Antes siquiera de encontrar las palabras, el propio grupo la arrastró consigo al abandonar Shadowmoor y cruzar al Plano Material, dándola por incluida en la expedición sin molestarse en preguntarle demasiado.
Cualquier otra persona habría protestado.
Rhiannon simplemente sonrió.
Aquello tampoco lo había visto venir.
Desde entonces trabaja como aventurera.
No busca gloria.
No busca riquezas.
Ni siquiera busca respuestas.
Busca algo mucho más difícil de encontrar para alguien como ella.
La posibilidad de sorprenderse.
Y cada vez que el futuro vuelve a convertirse en una página en blanco, la diminuta sonrisa torcida que nunca abandona su rostro se hace apenas un poco más evidente. Porque, al fin y al cabo, lo único que siempre había deseado era dejar de saber qué ocurriría a continuación.
Sus eruditos dedicaban siglos a observar los innumerables hilos del porvenir, registrando cómo nacían, se entrelazaban y desaparecían. Cada decisión importante, cada encuentro fortuito y cada muerte significativa terminaban archivados en una inmensa biblioteca de presagios. Para los miembros de la corte, contemplar el futuro era un honor y un privilegio.
Para Rhiannon, en cambio, era profundamente aburrido.
Desde muy joven demostró un talento excepcional para interpretar las ramificaciones del destino. Allí donde otros veían cientos de posibilidades, ella distinguía cuál acabaría haciéndose realidad con una precisión inquietante. Sus predicciones rara vez fallaban, y cuanto más perfeccionaba ese don, menos sorpresas encontraba en el mundo.
Las conversaciones ya las había oído.
Los errores ya los había visto cometer.
Las victorias dejaban de ser emocionantes cuando conocías su desenlace antes siquiera de que comenzaran.
Con el paso de los años dejó de sentir orgullo por acertar. Acertar era simplemente... lo normal.
Una monotonía interminable.
Todo cambió el día en que tuvo una visión distinta.
Vio un pequeño cuervo adentrándose en el Bosque Maldito, a las afueras de la ciudad. Sabía que acabaría metiéndose en problemas y que un grupo de aventureros acudiría a rescatarlo. Era una visión tan clara como cualquier otra, así que decidió acudir al bosque únicamente por curiosidad, convencida de que presenciaría exactamente aquello que ya conocía.
Y así fue.
Hasta que dejó de serlo.
En el momento en que aquel grupo se reunió alrededor del cuervo, el futuro se fracturó.
No desapareció.
Simplemente... dejó de tener una única respuesta.
Por primera vez en su vida, Rhiannon contempló decenas de posibilidades igualmente probables. Cada decisión de aquel grupo generaba nuevas ramificaciones imposibles de ordenar. Eran impulsivos, contradictorios y sorprendentemente caóticos. Tomaban decisiones absurdas que, de algún modo, terminaban funcionando. Intentar seguir el rastro de sus destinos era como intentar leer un libro cuyas páginas cambiaban de orden constantemente.
Aquella incertidumbre la fascinó.
Tras ayudar a rescatar al cuervo, había decidido pedirles permiso para acompañarlos durante un tiempo, convencida de que estudiar aquel fenómeno sería una oportunidad única.
No llegó a hacerlo.
Antes siquiera de encontrar las palabras, el propio grupo la arrastró consigo al abandonar Shadowmoor y cruzar al Plano Material, dándola por incluida en la expedición sin molestarse en preguntarle demasiado.
Cualquier otra persona habría protestado.
Rhiannon simplemente sonrió.
Aquello tampoco lo había visto venir.
Desde entonces trabaja como aventurera.
No busca gloria.
No busca riquezas.
Ni siquiera busca respuestas.
Busca algo mucho más difícil de encontrar para alguien como ella.
La posibilidad de sorprenderse.
Y cada vez que el futuro vuelve a convertirse en una página en blanco, la diminuta sonrisa torcida que nunca abandona su rostro se hace apenas un poco más evidente. Porque, al fin y al cabo, lo único que siempre había deseado era dejar de saber qué ocurriría a continuación.